Poesía indocente en el Ateneo de Cádiz
Escrito por J. Aurelio Martín/Foto: Charo Troncoso   
viernes, 17 de octubre de 2008
Si todavía no lo sabe la indocencia es  un modo de entender y mezclar, como si fuera un imposible que se hace realidad, docencia y literatura. Los indocentes, un poco trotamundos, profesores y maestros, nacieron al amparo de los actos en conmemoración del 27 y desde entonces andan por esos mundos de dios, recitando para los pasajeros de un mundo con prisas que sobrevive pendiente de la crisis, que otro modo de comunicar también es posible. El miércoles 15 de octubre algunos de ellos estuvieron en Cádiz. Y pronto en Conil, y después en Alcalá del Valle, y en Grazalema... Y gratis, parece mentira, pero hay todavía gente que es así.

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Allí, cuando el atardecer espanta el día y la noche derrama su fiebre, nocturnos, en la espalda del día tan real, allí, lunáticos y convocados, allí, los poetas, reunidos, atados por el fuego lento de la poesía, llenando copas de versos y licores untuosos, más allá de todo y más acá de sí mismos, donde la vida intercede con la rosa, en el punto exacto en que huye la muerte, allí, en la grieta precisa, allí, los poetas, fuera de todo y dentro de cada cosa, allí, cuando la tarde declina y la palabra se pone íntima, sí, como una pequeña plaza. Allí Jose Luis, Marisol, Eugenio, Jose Aurelio, Charo, Paco, Ramón, Juan y Blanca, allí, los poetas.

Empieza Blanca, hoy trae verdes en su paleta, verde hierba, pinta rápidamente un apunte, quién somos y a dónde vamos, de dónde venimos y en qué locura nos hemos metido, agradece al Ateneo su acogida, perfuma la sala y llena las copas. Empieza la fiebre, la poesía se derrama.

Jose Luis es un poeta hispanoárabe, su poesía es grácil como una tarde adolescente, danza y no se obtura, es una poesía casi alada, lee versos casi adolescentes, la edad y su barba de califa severo no le impiden dar vuelo a su poesía más juvenil, ese recinto al que uno vuelve cuando el tiempo es herida abierta que nunca cicatriza.

Marisol, mujercísima y poeta, o poetisa, Aldonza corregida de delicuescentes dulcineas, poesía hembra y conminatoria, poesía macho y delicada, poesía madurada de tiempo y amargores, limpia, poesía que dice y poesía que lo que calla se posa en sus ojos, todavía y a pesar de todo, brilladores.

Eugenio es un poeta urbano, canalla y subversivo, se ha cortado la melena, pero sus versos supuran rock, alcoholes y violencias, poeta de la palabra tensa, retrucada, muy barroco, altisonante y hondo. Su camisa naranja estalla en los ojos como sus versos queman los oídos que alcanza. Poeta de puñetazo y poeta de lirio, o de delirio.

Jose Aurelio, explicativo, largo, muy atento a lo que pasa, sacando el verso de lo que no pasa, social y agradecido, se pone íntimo también como una pequeña plaza.

Charo, modernísima, también muy mujer y muy sólida, anegada de literatura, pone la risa y la juventud y el color, sus poemas están al hilo de lo que pasa, transfigurado por una poesía que no se conforma, que busca, esforzadamente sencilla y complicadamente transparente, poesía necesaria, en la tierra son actos, gritos en el cielo. Poetisa.

Paco, con su testa fenicia, relumbrada de soles y versos, poeta del mar y del amor, sus versos tiemblan, sentimentales o paisajísticos, es el poeta que mejor hace la acuarela de su mar y de su amor, delicado, persona, imprescindible, a él, a ellos, les debemos respeto, son los que hacen funcionar el mundo. Gracias.

Ramón, ateneísta, poesía añeja, de sus búsquedas y encuentros le sale una poesía con acento clásico, con tonos, con alcances, con honduras, su voz añeja sus versos, enriquecidos en barrica de maderas nobles, poeta acentuado, como el vino, servir en copa fina.

Blanca, rubicunda y mujer, verso rápido y atento, poesía también de amor y poesía social de mujer valiente, fajada en la plaza y en la política, y todavía poeta y poesía. Poesía moderna que no olvida a sus clásicos, poesía mujer de la que mucho se espera. Compañera.

Juan, arquitecto, poeta a lo Gloria Fuertes, poetiso, gran poeta de la maldad, la ironía, el niño, la manía, grandísimo poeta que afila y busca y da y no se esconde, sus poemas a la arroba de lo mejor que uno ha leído, un clasico, poeta que no se ha dejado poseer por la amargura, poeta que juega, niño todavía en sus versos, poeta para rato o poetiso.